El Pituto, El Mercurio y los Lingotes de Oro

Se dice ‘pituto’ en la jerga chilena. Y todos mis amigos me dijeron que con un pituto no había por qué preocuparme, ni por la entrevista, ni por romperme la cabeza. El pituto me iba resolver la vida, o al menos darme un trabajo.

Yo tenía mi pituto y éste me pondría a trabajar en su periódico, uno de los diarios principales de la ciudad de Santiago.

La Segunda es el diario vespertino que pertenece al diario más grande de Chile: El Mercurio. Éste es un grupo omnipresente y casi imperial que es dueño de decenas de diarios desde la cabeza hasta los píes del país delgado.

Ni siquiera sé muy bien cómo mi ex jefe y mi nuevo jefe son cómplices. Sé que mi ex-jefe fue el pez gordo en la publicación del Wall Street de las Américas durante varios años. Así parece que se vinculó con las correctas familias dueñas de los medios, como si por los pasillos de los diarios grandes desde Chile hasta Colombia colgaran retratos de Edward Schumacher.

De esta manera, yo iba a ser testigo del sistema más antiguo del mundo laboral: el nepotismo. Y por primera vez este sistema funcionaría a mi favor. Tras sólo tres años en el periodismo, ya he llegado al nivel establecido por las palabras de mi pituto.

“Entre tu CV y la recomendación de Edward, no hace falta más”, me dijo el dueño de La Segunda, Felipe Edwards, en su oficina espaciosa. Me sonría y me acordé de lo poco que mi ex jefe y yo realmente hablábamos, de la relación delgada que teníamos. Sin embargo, entre la alegría, los anécdotas y mis preguntas sobradas, no me perdí el detalle que ambos ocupan el nombre Edward en alguna parte.

“Te pondría como reportero en internacional o reportajes”, me dijo cuando le pregunté dónde es que yo podría acabar en la empresa. “Pero eso no decido yo sino los otros editores”.

Me di cuenta que mi vida estaba a punto de dar una vuelta gracias a estos dos Edwards.

No me dio ‘la pega’ el mismo día que llegué. Sin embargo, mi nuevo jefe me dijo que pronto o tarde “encontrarían un hueco para mí”. Dado que no he entrado en la empresa de una manera ‘ortodoxo’, tendría que esperar hasta que los dueños del diario hayan escarbado este hueco en mi nombre.

Después de unos meses esperando y tras haber hechos unos viajes por Chile, por fin me tocó ocupar mi hueco. Felipe me pasó el nombre del hombre que sería mi nuevo jefe y yo con ganas hice el viaje a verme con él.

El Departamento de Documentación

Señor Guillermo Canales creó el Departamento de Documentación dentro del Mercurio. El centro de Documentación queda en el primero piso y en los pisos dos y tres están las redacciones de El Mercurio y La Segunda, el último siendo el diario donde trabajaría yo.

Canales ya no pertenece a la vieja escuela, sino la escuela anciana. El periodista lleva treinta años, primero como periodista y luego otros treinta años más como archivador. En la oficina de documentación hay unos 12 personas y se respira un aire silencioso como si fuera una biblioteca, algo desconocido en cualquier redacción de noticias del mundo.

Aún así, la oficina de documentación iba a ser mi nuevo hogar. Me dijo el primer día mi nuevo jefe que yo buscaba noticias “interesantes del interés chileno” en los diarios alemanes y estadounidenses. Además de eso, que yo traducía columnas de opinión del New York Times para ser publicadas.

Así que cinco años después de vivir en Alemania de repente me hallé en una redacción latina buscando historias curiosas entre las páginas del Die Zeit y del Süd Deutsche Zeitung, como si estos diarios tendría algo de interés para el chileno.

El primer día me senté a lado de Cata en una computadora que hay en Documentación. Mi nueva compañera acababa de egresar de la universidad y hablaba del periodismo con un vigor que se espera de una persona recién salida de las aulas.

Por la oficina habían varias computadoras esperando a becarios, colaboradores y reporteros “enigmáticos” como yo. Así que empecé a traducir un texto del New York Times y nadie me hablaba.

El Casino

El mismo día, me avisaron los jefes que tendría que verme con Luis para recibir una tarjeta de casino, donde toda la empresa se congrega a la hora de almuerzo para alimentarse. El campus del Mercurio queda lejos de cualquier servicio y esta cafetería servía como un punto de encuentro.

La búsqueda de Luis me mostró por primera vez la enormidad de esta empresa. Pasé por un pasillo y luego por otro y finalmente por otro, perdido entre cubos con computadores y los humanos sentados en ellos. En los dos lados, los mismos escritorios y los mismos vidrios.

Finalmente encontré a Luis.

“Vengo a sacar una tarjeta de casino,” dije.

“A ver. No eres de aquí, no es cierto?”

“No pues.”

“Entonces no tienes RUT, así es?” me preguntó.

“No pues.”

“Dame un número entonces. Cualquiera.”

Me pareció raro, pero le dije mi número de mi pasaporte, uno de los pocos números que me lo sé. “0-5-5-5-1-8-5-7-1.”

Al entrar esta secuencia en el programa antiguo que usa la empresa, Luis recibió un mensaje de error.

“Cambiamos la 1 por una 2,” decidió. Dio enter de nuevo y funciónó. Me pasó la tarjeta sin dirigirme la mirada. “Ahí tienes.”

El mismo día llegué al casino con mis colegas del centro de documentación. Listo para probar mi nuevo tarjeta de casino, pasé por las filas llenando mi bandeja con comida caliente. A los chilenos les gusta comer y beber y cada espacio de la bandeja su cubre con platos de ensaladas, postres, panes, y platos fondos. Mover por el casino con la bandeja fue un verdadero desafío. Y cada día al menos una torre de comida se caía como relámpago, despertando a nadie en particular, menos a la viejita de la limpieza.

Pasé la tarjeta por el lector al final de la fila y una luz verde me indicó que he sido aceptado como empleado autorizado a comer la comida del casino.

Después del almuerzo, los periodistas y demás personas salen a fuera y dan una vuelta, todas en la misma dirección, siguiendo un sendero de cemento que va por el campus Mercurio. Este sendero da la vuelta alrededor de un pequeño jardín.

Cata me dijo que obviamente no quisieran que caminemos por el césped. Sólo los gansos pueden disfrutar de este césped. En El Mercurio, los humanos y los gansos viven en mundos paralelos, uno con su casino, otro con su césped.

Todavía disfrutaba del calor cuando Cata me miró y dijo: “no te das cuenta, somos la oficina de los nerds.” Quizá se frustre como periodista atrapada en el centro de documentación en el sótano de la empresa, pensé. Quizá dentro de la Cata viva la reportera pulitzer que nunca subió a la redacción por falta de pituto, y otra persona con el pituto mágico ocupa su lugar.

De repente me sentí mal. Puede ser que yo ocupara el lugar de otro nerd que podría contribuir mucho más cosas al centro de documentación que una noción no tan profunda de un par de diarios alemanes.

Los Lingotes de Oro

Pasé unos seis meses en el centro de documentación y nunca documenté nada. En el cuarto mes tuve suerte. El ex dictador chileno, Agosto Pinochet, supuestamente guardaba unos lingotes de oro en un centro de seguridad en ningún otro país que Alemania.

Como un jugador de béisbol de las ligas menores, me llamaron desde la redacción para encabezar el lado alemán de la investigación de los lingotes. Me despedí de mi amiga Cata con una cara de “no sé por qué me llaman” y subí las escaleras para enfrentarme con la editora. Ya estaba en la ligas mayores de este diario.

Al conocer a la editora, Lily, se enamoró de mí a primera vista. Tengo que reconocer que soy bueno para coquetear con las chilenas mayores, pero el hecho de que hablo con un acento ayudó. Le expliqué que hablaba alemán y que podría ayudar a desenmascarar la ubicación de estos lingotes de pinocho.

“Y dónde has estado todo este tiempo?” me preguntó. Le conté del centro de documentación y la comunidad extraña y silenciosa que habitaba esa oficina.

De un día al otro, era parte del equipo. Me convertí en el hijo-nunca-tenido de la editora. Además, yo iba a conseguirle una entrevista con Barbara Walters. No me acuerdo muy bien por qué quería hablar con Babs, pero le prometí que haría todo lo posible para conseguirle la entrevista. Incluso le mandé un email al primer Edward, a ver si éste tiene más pitutos en su lote de pitutos. Nunca se sabe, quizá uno es permitido un cierto número de pitutos en esta vida. Yo apenas había empezado a quemar los míos, creí.

Durante los días de los lingotes tuve una relación íntima con el operador de telefonía del Mercurio. Cada día me enchufaba varias llamadas con personajes en Alemania que juraban por sus madres que los lingotes se hallaban en Dusseldorf. No conozco Dusseldorf, pero no me imaginaba un dictador forrado con plata del estado huyendo a Dusseldorf para esconder tus tesoros.  Dusseldorf me sonaba como… Lincoln, Nebraska.

No creo que nunca haya habido un extranjero trabajando en este diario. Al final de los meses, acudí al puesto de pagos. Cada empleado va a una ventanilla dónde un pequeño hombre, que se esconde detrás unas cuantas café tazas de cartón y diarios, cuenta pesos chilenos como un cajero de un banco.

Cada mes que buscaba mi pago prometido por el segundo Edward, este hombre tuvo que abrir un cajón especial donde suponía que se guardaban los pagos para las personas pituteadas. Por la ventanilla me pasó una faja de billetes dentro de un sobre.

Yo salía del campus del diario, me inserté anónimamente en el mundo ruidoso de Santiago con la guita incrustada en la mano, defendiendo mis lingotes de oro contra cualquier persona.