El viaje de la Lucía: el cuento de otro nacimiento

Sin casa de nuevo, estábamos en un ferry cruzando el estrecho de Gibraltar. 10 kilómetros de océano, separando el norte del sur. Era la tercera vez en el 2015 que viajábamos por el mediterráneo, dejábamos atrás 10 meses caóticos de consultorías de desarrollo social, en una Etiopía totalmente diferente que la que conocí en 2010, una en que el gobierno tenía la estrategia de emitir visas cada vez más cortas y más escasas, igual que Matrioskas, cada extensión era mas corta que la anterior y cada soborno más grande que el inicial. Chile no tenía relaciones con Etiopía lo que hacía muy difícil legalizar a esta parte de nuestra familia. Nuestro camino por Etiopía, nos trajo nuestra primera hija, y cuando tomamos el vuelo de salida nos metimos en una odisea que no sabíamos que terminaría con otra hija nacida en otro país. Como familia le dijimos adiós al continente africano, sin saber si volveríamos alguna vez a los lugares que vieron a la Elisa crecer, aprender a caminar, hablar, comer injera, tomar jugo de papaya y a amar el jazz etíope.

Mes 1: noviembre – diciembre, 2015
Pasamos noviembre y diciembre descubriendo nuevos lugares con viejos amigos con hijos nuevos, viajando de Casablanca a Madrid. En el camino hicimos picnics improvisados en el desierto, nos incluimos en una cosecha de asafrán, comimos varios kilos de dátiles y acarreamos a nuestros niños por los wadis y las montañas. Por las ventanas de un auto arrendado fuimos desde Extremadura, donde pasamos los días tomando y comiendo como una familia, doblando animales de origami, calentitos bajo mantitas de amistad, alrededor de la mesa sobre el brasero. Recorrimos Córdoba con un amigo cura español. Acampamos en profundos cañones en El Chorro, en Andalucía, y luego manejamos al este entre invernaderos de plástico y estaciones de radio árabes que colaban sus señales en el desierto de Almería. Fue aquí, en la esquina de España y en el único desierto de Europa, que nos gusta pensar que fue concebida nuestra segunda hija. Viajamos por la España profunda, como quijotes modernos enfrentándonos a nuestros adversarios ilusorios, los desaforados gigantes, acercándonos al invierno ibérico, sin saber que acarreabamos a nuestra chispita de vida por la costa, por Cartagena, Altea y por la gran urbe Madrileña.

Mes 2: diciembre – enero, 2016
En Malasaña nuestros caminos se separaron, Ignacia y Elisa se fueron en un vuelo de Norwegian Air hacia L.A. Aprendimos a palos, que Norwegian Air no es nada mas que unos huesos sin carne, como andar en micro por la atmósfera, sin mantitas ni agua (todo tiene un costo cuando se vuela low cost) Elisa celebró su segundo cumpleaños con su familia latina de los Angeles, los Marianos, y yo volé a Ethiopía, me quedé en otra casa cerca de Meskel Flower, viajé al norte y escribí sobre programas de salud comunitaria. Una semana antes de navidad me senté con Eskeder y Emanat, dos hermanas que perdieron a su mamá, y vivían solas en una piecita alquilada en Bahir Dar. Escribí su historia de sobreviviencia, como dos niñas en las calles de etiopia, trabajaban para pagar su educación. Pensé en mi familia, mi hija. En la esquina de su pieza, tenían un árbol de navidad, hecho por ellas con botellas plásticas y usando las tapas como adornos. Escondí mis lágrimas y tomé fotos de sus caras sonrientes. Nuevamente le di la espalda a la pobreza injusta, y volé a Utah, para compartir la navidad con mi tan afortunada familia. Mientras nos poníamos al día con chequeos médicos de rutina, en Planned Parenthood en Ogden, nos dimos cuenta de la existencia de la chispita, y la navidad del 2015 se convirtío en la celebración de una nueva vida. La Elisa seria hermana de una Lucía o de un Diego.

Mes 3: enero – febrero, 2016
Construimos una pista de trineo en el patio de la casa de Grandma-Grandpa. Empujamos a los niños, rebotando por pinos y rocas riéndose como unos desquisiados. La nieve seguía cayendo mientras nuestra familia se separaba de nuevo en dos direcciones. Me fui en otro vuelo a Ethiopia, para ayudar en el cierre de un proyecto de negocios agrícolas, me quedé en Bole Medhane Alem, con una pareja fantástica que esperaba pacientemente la resolución de la adopción de su hija. Mientras esperábamos juntos nuestra comunidad de escaladores dio los toques finales a la pared de Armora Gedel, y producimos un corto sobre escalada en Adís Abeba. Ignacia voló a Chile para reencontrarse con el lado chileno de su vida. Al inicio del verano visitó a su amiga bruja Anita, a quien ve regularmente desde hace 15 años. Anita le dijo cosas sobre su próxima hija, que era un alma libre, lista para saltar a la vida. También le dijo “tu rol como mamá va a ser amarrarla con cuerdas a la tierra” y como Ignacia ya está en órbita contínua, creo que esa tarea recaerá sobre mis hombros. Le recordó que Elisa es un alma vieja, ya en su doceava vida. Cada hija en el extremo del espectro, una con sus pies en la tierra y la otra con su cabeza en las nubes. Al final le dijo que Lucía no nacería en USA ni en Chile, y tampoco en Sudáfrica donde la licitación de un proyecto tenía mi nombre.

Mes 4: febrero – marzo, 2016
Le dije adiós a la vida habesha, cerrando la puerta a más de 4 años de experiencias, amigos, viajes e idioma en Ethiopia. Antes de irme fui a la fiesta de cumpleaños del hijo de mi antiguo compañero de casa y amigo, Habtu. El niño de dos años estaba siendo celebrado con considerables cantidades de Jonny Walker, una cabra, y la risa estrepitosa de más de 50 invitados. Volé sobre África en ruta a Sudámerica, a Chile. Nos movimos al departamento de un amigo, en un cuarto piso en Ñuñoa. Abrimos las ventanas y las puertas a un Santiago hirviente, y disfrutamos los espacios relativamente vacios de la capital. Acampamos en rincones lejanos en el Cajón del Maipo, hicimos asados con viejos amigos y celebramos comiendo y tomando con la familia, como es usual con los chilenos. Más temprano que tarde estaba de vuelta en el trabajo, en otro contiente, esta vez en Beirut, escribiendo sobre manzanas, aceitunas y turismo rural. Trabajé en el primer proyecto financiado por USAID acerca de escalada en roca, en el pequeño pueblo de Tannourine, y admiré como los libaneses disfrutan su vida, a pesar de ser una sociedad en constante división y la agonía por calamidades políticas. Una noche de marzo, en una llamada por Skype un viejo amigo Eduardo “el papá de la Paty” maniobraba el ultrasonido que confirmaría la predicción de la bruja Anita, nuestra pequeña Lucía nunca iba a ser Diego.

Mes 5: marzo – abril, 2016
Estaba gozando de sobremanera al pensar que tendríamos otra niñita. Visiones de una casa impulsada por el poder femenino conmigo como único hombre me hacia muy feliz y me entusiasmaba por el futuro. Elisa y Lucía se convertirían en un equipo inseparable, cada una con sus comienzos con raíces en diferentes países y culturas. Volví desde el Líbano a estrenar nuestro nuevo-usado Subarú (el mismo color y modelo que tenía en 2009) y celebramos el inicio del segundo trimestre embarcándonos a un viaje por la Panamericana hacia el sur, con la única restricción de los caprichos de una niña de dos años y las inclinaciones del corazón. Pasamos la primera noche en el Valle de los Cóndores, celebrando Semana Santa con cientos de escaladores esparcidos por una planicie volcánica, rodeada por paredes de basalto, cascadas y la cordillera. Paramos en Antuco, donde por fin salió el sol y llevamos un cocaví a la orilla de la Laguna del Laja, manejamos por la Araucanía a Puesco y llenamos la estufa con madera, mientras el Señor Otoño nos helaba los nervios pellizcándonos con sus dedos. Caminamos por las pasarelas de Huilo Huilo y terminamos en el Lago Rupanco en un reencuentro familiar con la prima Vera y su marido Pablo, quienes nos invitaron a explorar su paraíso escondido, aislado de la sociedad. Al llegar nos sentíamos en casa, oliendo pan recién horneado y una bosca esparcía el más puro calor de hogar. Casi inmediatamente nos dirigieron a la tinaja mientras los cielos estrellados del Sur de Chile nos cubrían como una manta. Rupanco fue el punto alto de nuestro viaje, Ignacia redescubrió ramas lejanas de su árbol familiar, Elisa se enamoró de los botes en al agua, y yo reviví mi amor por la naturaleza chilena.

Mes 6: abril-mayo, 2016
Cuando las nubes dejaron un claro sobre Rupanco, pudimos tener suficiente señal para chequear nuestros emails y nos dimos cuenta que tenía un trabajo con un nuevo proyecto en Sudáfrica, basando en Pretoria como centro de intercambio comercial para el cono Sur de África. Celebramos con champagne y nadamos en las aguas congeladas. En este punto tuvimos que terminar nuestro viaje para preparar la mudanza a Sudáfrica. Pero antes de eso, viajamos un poquito más al sur, a Puerto Varas. La Lucia creció de una chispita a una ciruela, calentita in-utero mientras el invierno se acercaba. Nos quedamos con viejos amigos, la Pitu y Cristobal en una cabaña con vistas increíbles del volcán Osorno y el lago Llanquihue. Trabaje con un amigo en la cervecería Chester, embolsando cebada por un dia, y nos relajamos mientras la Elisa hacía nuevos amigos, a los que demuestran un amor por Peppa Pig más fanático que el suyo. Antes de encaminarnos al norte, pasamos un dia caminando en el Parque Nacional Alerce Andino, el lugar más al sur que llegaríamos. Fue un aperitivo de lo que era nuestro plan original de ir en auto a la Patagonia. El resto del país tendría que esperar. Pero de todos modos, ¿no era más apropiado ir con la familia completa? Luego nos dimos vuelta y encamiamos al norte. Mientras nos acercábamos a Santiago, una tormenta épica nos agarró en San Fernando, donde nos quedamos con otros amigos mientras esperábamos que pasaran las inundaciones. Después de disfrutrar otra semana en la granja de la Susana en malloco, la misma que vio a la Elisa nacer, dejamos Chile, volando nuevamente en diferentes direcciones.

Mes 7: mayo – junio, 2016
Ganamos una consultoría para crear material para un proyecto de VIH y salud familiar en Botswana, yo escribiría y la Ignacia diseñaría el material. Estuve tres semanas en la savanna polvorienta del lado del Kalahari, en la casa de una antigua jefa en Ethiopia, escondida en un condominio de un club de golf en las afueras de Gaborone. Viajé a los pueblos olvidados, tratando de entender como es posible que un país con una población tan pequeña, un gobierno proactivo y un financiamiento aparentemente estable no haya sido capaz de controlar la epidemia de SIDA. Nuevamente fui testigo como las injustas formas de tratar a las mujeres, en especial niñas y jóvenes eran el combustible del conflicto y la propagación de enfermedades. Todavía escéptico del proyecto de Sudáfrica y preocupándome del futuro de nuestra familia dejé una puerta abierta en el mercado de desarrollo social internacional. En una entrevista para un trabajo en Colombia, me paseaba por la casa buscando el lugar con mejor señal para llevar a cabo la entrevista, mientras absurdamente sostenía el computador como un gigantesco teléfono celular. Cuando llegué de vuelta nos fuimos a Utah, para organizar la mudanza a Sudáfrica. El contrato parecía estar garantizado cuando nos dimos cuenta que la empresa que perdió la licitación estaba apelando. Ahora no era sólo una interrogante el cuándo, sino la pega en si. Lucía alcanzaba el tercer trimestre, y nosotros celebrabamos acampando en el desierto de Utah con amigos. Lucía pateaba y Elisa jugaba en el rio, y una corriente de incertidumbre se movia rapidamente mientras flotabamos en la balsa de lo desconocido.

Mes 8: junio – julio, 2016
A fin de junio el proyecto de Sudáfrica estaba enredándose, o al menos no parecía tener el mismo timing que Lucía. Ignacia y yo conversábamos desvelados inventando los posibles escenarios que tendrían las próximas cuatro semanas en sus manos. Cada vez era más claro que esta guagua no nacería en Sudáfrica, como predijo la bruja. Estábamos embarazados de 34 semanas, no teníamos  seguro de salud, no teníamos trabajo, casa y menos una idea donde nacería la Lucía. De repente se nos ocurrían planes de volar a Canadá, o México. Es triste por parte de mi propio país que los exorbitantes precios de salud sean los que escriben la historia de los nacimientos de sus propios ciudadanos. Luego un dia cualquiera, me ofrecieron el trabajo para el que me entrevistaron cuando estaba en Botswana: un proyecto de tierras en Colombia. Después un plazo razonable de esperar la resolución del proyecto de Sudafrica, aceptamos movernos a Bogotá el último día de junio. Igual como la Elisa nos trajo un trabajo en Liberia, Lucía nos trajo un trabajo en Colombia. Otra guagua, otra maraqueta bajo el brazo, como dice la expresión chilena. Establecimos el récord de una movilización en 15 días, armamos nuestras maletas, vacunamos a Mino, encontramos una doula por Facebook y saltamos a un avión un dia antes de cumplir 35 semanas, fecha límite que dejan subir a un avión a una mujer embarazada. En el avión conversábamos acerca de nuestros sustos, nuestra idea de tener un parto natural, sin intervenciones no se veía muy factible, en un lugar donde más de la mitad de los niños nacen por cesáreas.

Mes 9: julio – agosto, 2016

En Bogotá nos instalamos en el Hotel 80-10, al frente de un parque, inmersos en los ruidos propios de una capital latinoamericana. La gente en Bogotá es tan amable, rapidamente nos dimos cuenta que nos habíamos ganado el premio gordo. Y nos obligábamos a pensar que si los colombianos iban a acompañar el parto, estaríamos en buenas manos. La doula nos presentó al Dr. Mario, el único creyente en la posibilidad de un parto natural, en la primera consulta nos explicó cómo Colombia ha progresado en la arena del parto humanizado, porque ahora el padre puede entrar a la sala de parto. Nos mirábamos preocupados sin decir una palabra, y mientras él nos explicaba los protócolos médicos del hospital nuestro plan de parto se desvanecía. Luego puso unas figuras geométricas con pequeñas fotos de santos en la guata de la Ignacia, y nosotros en silencio rogábamos por un parto sin intervenciones innecesarias. Ignacia compró unos audífonos que bloqueaban el sonido ambiental, preocupada que las excesivas demandas administrativas y la burocracia médica destruyera su trance. A las 39 semanas, justo un mes después de llegar a Colombia, la Lucía estaba lista. Las contracciones partieron a las 3 am. Respiramos el dolor, nos bañamos en agua hirviendo y nos balanceamos por un par de horas en el hotel. Le puse Kung Fu Panda a la Elisa y mi jefa Anna bajó para cuidarla. Como un homenaje a nuestra vida nómada, nos fuimos a parir a la Lucia desde un hotel en un taxi. La Ignacia estaba con un turbante que le tapaba los ojos y la lista del Ipod infundía melodías a su cerebro, que para ese entonces ya estaba en modo instinto y dejó de emitir n señales basadas en la lógica.

 

Dia del nacimiento: 15 agosto 2016
La ciudad estaba silenciosa, y la mayoría de los bogotanos tenía el día libre para conmemorar la Asunción de la Virgen, o el dia en que a la mamá de Jesús le dieron las llaves del cielo. Al llegar al hospital Reina Sofía, nos llevaron a una habitación intermedia, donde las enfermeras tenían que confirmar que Ignacia estuviera en trabajo de parto, pidiéndole que se acostara quieta durante 20 minutos, mientras un monitor hacía la obvia tarea de confirmar que la madre está en trabajo de parto. Una tontera, molesto y sin sentido este quiebracabeza. En un box de al lado una pareja conversaba con aspavientos sobre su cesárea planificada, mientras Ignacia escuchaba notas de meditación profunda tratando de sublimar el dolor con gozo. Mientras las contracciones aumentaban, enfermeras varias se acercaban preguntando por qué la mamá estaba con los ojos vendados usando audífonos. A lo que yo respondía un escueto “que pena con usted”, ella no estaba interesada en hablar con nadie hasta que ya haya parido, necesitaba concentrarse, es un punto crítico de tener un bebé sin anestesia ni medicación. Los colombianos son extremadamente amorosos. Sorteé los obstáculos administrativos, haciendo filas, pagando la sala de parto y entregando la factura a la persona indicada. Cuarenta minutos después llegamos a la zona cero. Dr. Mario apareció sonriendo al solo pensar en un parto natural, una ocurrencia poco común en Bogotá. Despues de solo 13 minutos, cuando la enfermera jefe ordenó al equipo a amarrar a Ignacia a la camilla (igual que en las películas) ella ya estaba en sus rodillas empujando a Lucía por el canal de parto, haciendo su trabajo mucho más rápido que las enfermeras. El doctor apenas tuvo tiempo de lavarse las manos cuando Lucía hacía su debut gritando y chillando al mismo tiempo que el oxígeno liviano de altura llenaba sus pulmoncitos.

Y nuestro viaje termina acá, una guagua mamando en brazos enamorados, un grupo de enfermeras desconcertadas y un marido orgulloso que admira la fuerza de su señora, no sólo por dar a luz a otra niñita sino por haberla acarreado nueve meses por todo el mundo.

Postdata
Nunca sumamos la distancia viajada para alcanzar este punto, por carreteras y por los cielos de siete países, viviendo temporalmente en más de 25 casas y una carpa fiel. Debemos tanto a nuestros amigos, nuestras familias y a toda la gente que conocimos en el camino. Lucía tenía solo nueve días cuando nos cambiamos a nuestro actual departamento en Bogotá, y un abrumador sentido de permanencia nos llena más de pavor que tranquilidad. No nos hemos cambiado de casa desde entonces, pero ya nos pican los dedos por comprar una camper van, antes que el espíritu nomade se sofoque por nuestras cuatro paredes y se aplaste por el techo que protege a nuestra pequeña familia.